Para el siguiente apartado recojo las conclusiones sobre la parte histórica de la tesis doctoral de J. M. Rodríguez Almenar (2017). La Sábana Santa y sus implicaciones histórico-artísticas, pp. 171-172. Puede consultarse íntegramente en el Repositorio de la Universidad de Valencia, donde es posible hallar desarrollado cada argumento.

  1. Con relación a la mortaja de Jesús —especialmente en los primeros siglos— no sería realista pretender que esté completamente documentada su historia; aún así existen referencias que permiten plantear como hipótesis la supervivencia de la misma, más allá del siglo I.

  2. Aunque existieran documentos que dijeran explícitamente quién se llevó la mortaja de la tumba, o quién la guardó, y dónde estuvo en cada momento, tampoco podríamos asegurar que se tratase del lienzo de Turín, si no se puede hacer una plena identificación entre ambas telas.

  3. Sí existe documentación suficiente para asegurar que un lienzo con una imagen de Jesús se custodió en Edesa, desde el siglo IV —o por lo menos desde el siglo VI— hasta que fue “recuperada” por el ejercito bizantino y llevada a Constantinopla en el año 944 d. C. No hay motivo para dudar de que la Imagen de Edesa es la misma tela que llegó a Constantinopla.

  4. El origen legendario atribuido a tal imagen hace sospechar que no se trataba de un simple icono. Es más, precisamente, se denominan Aquiropitas —“no hechas por mano”— los iconos que eran copia de la Imagen edesena. Se indicaba de esta manera que la figura pintada era copia exacta de un original “no pintado”.

  5. Las expresiones utilizadas para referirse al lienzo de Edesa en los textos en griego exigen que se tratase de una tela mucho mayor que lo que se mostraba. La palabra tetradiplon —cuya traducción se acerca a “doblado en cuatro”—, utilizada en la literatura griega con mucha prevención, permite pensar que se trataba de una tela ocho veces más grande de la parte que se mostraba.

  6. Es completamente inexplicable que una figura que se describe exclusivamente como del rostro de Jesús y cuyo origen se refiere a unos hechos concretos (y a estos efectos lo mismo da que fuera la realización de un retrato del rostro de Jesús por un pintor o la impresión milagrosa de su rostro en el momento de secarse la cara) se vincule, por una serie de escritores cualificados —y sin dar explicación alguna a la incongruencia—, con la huella del cuerpo completo de Jesús. La única explicación posible es que supieran con certeza que tal huella existía.

  7. La indiscutible descripción de la Imagen de Edesa en el siglo X d. C. como una tela con sangre, y especialmente la referencia a la herida del costado, exige pensar necesariamente, que se están refiriendo a una supuesta mortaja de Cristo, pues, después de la lanzada, lo único que se hizo con el cuerpo de Jesús fue enterrarlo.

  8. Algunos autores de Bizancio hablan expresamente de que la tela en la que quedó impresa la imagen del rostro de Jesús se utilizó después para su sepultura. Tomado literalmente esto es algo absurdo, pero es un nuevo reconocimiento expreso de que la Imagen edesena se consideraba una mortaja.

  9. En el siglo XIII, dos documentos —uno latino y otro bizantino— reconocen que “el lienzo en el que fue envuelto el cuerpo de Jesús en el sepulcro”, que se exhibía en el palacio de las Blanquernas, fue robado por los cruzados. Uno de los textos incluso concreta que el ladrón era francés y que se llevó la tela a Atenas. Otón de la Roche era francés, tuvo su cuartel general en las Blanquernas y fue nombrado duque de Atenas. Lógicamente es el principal sospechoso.

  10. Por esas fechas otro documento afirma que el nuncio del papa vio la Síndone en el palacio de Atenas. Años después el mismo duque de Atenas volvió a su patria. La tradición familiar afirma que se conserva la arqueta donde se hizo el transporte. Esto es un indicio de que Otón de la Roche tenía acceso a la Síndone y podía haberla trasladado él mismo o enviarla a Francia.

  11. La Síndone de Turín se expuso por primera vez en Lirey (Francia) a mediados del siglo XIV d. C. siendo patrocinadores de dicha ostensión Godofredo I de Charny, señor de Lirey, y Jeanne de Vergy, tataranieta del primer duque de Atenas. La lógica hace difícil pensar que esto sea una pura casualidad.

  12. Analizado detenidamente el contenido del Memorándum de Pierre D’Arcis, no puede considerarse un argumento para demostrar la falsificación de la Sábana. El conflicto que se pretendía solventar era una cuestión de competencias eclesiásticas.

  13. La Síndone pasa de los Charny a los Saboya por donación de Margarita de Charny al Duque Luis I de Saboya en 1453, como está plenamente acreditado.

  14. No existe ningún motivo para pensar que la sábana mostrada en Lirey no sea la misma que actualmente se venera en Turín.
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