La crucifixión desde la arqueología

LLegados al lugar del suplicio, lo más corriente era desatar al reo el patibulum de las espaldas para clavarle en él. Echado el madero al suelo, se obligaba al condenado a tenderse de espaldas sobre él, de manera que éste le quedase atravesado al cuerpo a la altura de los brazos. Después se clavaban con dos gruesos clavos las muñecas del reo o el extremo de ambos antebrazos, entre los huesos cúbito y radio, al madero. Así, con el cuerpo del reo colgando de él, era izado el patibulum y sujetado sobre el stipes o madero vertical, que estaba ya plantado de antemano.

Una vez colgado del patibulum, se sujetaban o clavaban los pies al stipes, de manera que las piernas quedasen algo acurrucadas. Nunca se hacía esta operación con el stipes y patibulum unidos ya y echados ambos sobre el suelo.

El stipes o madero vertical poseía a veces un saliente clavado a la altura conveniente para que el reo pudiese sentarse o apoyarse al menos sobre él. Era el sedile o cornu. En cambio, no existía ese otro saliente de madera que los artistas ponen bajo los pies del crucifijo.

Los crucificados cuyo stipes estaba provisto de sedile podían durar vivos dos o más días en la cruz. Cuando se les quería acelerar la muerte, se les suprimía esta pieza. El sedile se añadía, pues, para prolongar el tormento.

El crucificado, para evitar la asfixia, tenía que hacer esfuerzos inauditos para levantar su cuerpo, pendiente de los brazos, apoyándose sobre el clavo que sujetaba los pies al stipes. Por ello, cuando querían rápidamente acabar con el crucificado, los verdugos quebraban sus piernas (el crurifragium), con los cual, no pudiendo apoyarse ya sobre el clavo de los pies, no podía erguirse para expeler el aire inhalado, y así moría rápidamente.

Con todo, los verdugos no estaban obligados a seguir una técnica fija, común para todos. Esto se deduce de lo que escribe Flavio Josefo, testigo ocular, a propósito del sitio de Jerusalén: “Los soldados, por escarnio, crucificaban a los judíos prisioneros en posiciones distintas”.

El oficio de crucificar era propio de los soldados, presididos por un centurión. Ellos, después de la ejecución, custodiaban al crucificado, vivo y muerto, para que nadie lo bajase de la cruz, ni siquiera para sepultarlo, si no era con una autorización especial del que le había condenado. Los cuerpos muertos quedaban muchas veces insepultos durante un tiempo, pasto de las aves de rapiña y de las fieras. Si eran quitados de la cruz, eran echados en una fosa común.

Lo que nos muestra el crucificado de la Síndone

Ya habíamos visto antes que el hombre de la Síndone había cargado con el patibulum, atado a los brazos y colocado transversalmente sobre sus espaldas. La Síndone también nos muestra que el hombre no fue simplemente suspendido del stipes, sino que fue clavado en él.

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Crucificado de Juan M. Miñarro, realizado a partir de los datos aportados por la Síndone de Turín.

Aunque no sea visible la llaga de la mano derecha ni se vea clara la del pie izquierdo, no obstante, anota el Dr. Judica Cordiglia: “La disposición de las manchas de sangre proclama inequívocamente y confirma que el hombre que ha dejado su impronta en la Síndone ha sido crucificado”. Y crucificado con clavos.

Lo primero que llama la atención es que el hombre de la Síndone presenta la herida de la mano izquierda en la muñeca, no en la palma de la mano como se representaba tradicionalmente a Jesús crucificado. Pero es lógico: si hubiesen clavado al hombre de la Síndone por la palma de las manos, se hubiera desgarrado la piel de las manos, y el cuerpo hubiera caído al suelo.

Además, podemos decir que el hombre de la Síndone no tenía los brazos atados al patibulum con cuerdas, pues no se usaban nunca juntamente con los clavos, aparte de que no hay rastro de ellas en la Síndone. En cuanto al sedile (saliente clavado a la altura conveniente para que el reo pudiese sentarse o apoyarse sobre él), sólo se añadía al stipes cuando se quería alargar el suplicio, cosa que aquí no nos consta. Pero sobre todo excluye estas dos suposiciones el hecho de que el hombre de la Síndone, para evitar la asfixia, tuvo que adoptar distintas posiciones en la cruz. De esto hablaremos más adelante.

Según se observa en la Síndone, y tras los experimentos del Dr. Barbet, podemos afirmar que el clavo que fijó los brazos atravesó la muñeca por el Espacio de Destot. Dice Barbet: “Si se intenta fijar el clavo más abajo, no lo perfora, sino que el clavo resbala, ya sea hacia arriba para entrar por el Espacio de Destot, o bien hacia la palma donde se pierde. Y entonces no puede sostener el peso de un cuerpo sin desgarrarse”. “Este sitio (Espacio de Destot), en la mano de un hombre normal, se encuentra en todos los casos a unos 8 cm de la cabeza del tercer metacarpiano. Es la misma distancia que he medido en la Síndone”. “Existe, pues, un paso anatómico preformado y normal, camino natural por donde el clavo pasa fácilmente, y donde es mantenido muy sólidamente por los huesos del carpo y el ligamento anular anterior, sobre cuyo extremo superior se apoya”. Este ligamento anular es tan fuerte que puede sostener, sin rasgarse, hasta 200 kg de peso.

Continúa Barbet diciendo: “La efusión de sangre debió ser moderada, casi únicamente venosa. El clavo no encuentra ninguna arteria importante”.

¿Acaso podríamos imaginar a un falsificador que hubiera tenido la idea o atrevimiento de situar la entrada del clavo en ese lugar? Los verdugos conocerían perfectamente un sitio tan adecuado para la crucifixión de las manos y tan fácil de hallar.

Otra sorpresa le esperaba al Dr. Barbet en sus experiencias. Nos dice: “Operaba yo sobre manos vivas inmediatamente después de la amputación del brazo. Desde la primera vez observé, y regularmente en todas, que en el momento en que el clavo atravesaba las partes blandas anteriores (penetrando por el Espacio de Destot, como hemos dicho antes), estando la palma hacia arriba, el pulgar se flexionaba bruscamente (colocándose atravesado a la dirección de los demás dedos) por contracción de los músculos tenarios, mientras que los otros dedos se flexionaban sólo ligeramente, debido quizás a la excitación mecánica de los tendones musculares flexores mayores”. “He aquí por qué en la Síndone las dos manos vistas por el dorso no presentan más que cuatro dedos. Los pulgares se hallan bajo las palmas”.

El Dr. Domenico Tarantini, cirujano del Ospedale Generale di Trani, reemprendió el estudio de este punto también de una manera experimental, y confirma plenamente la tesis del Dr. Barbet.

Otra cuestión es que los dedos de la mano derecha aparecen extremadamente largos. Aquí interviene el Dr. Judica Cordiglia. Escribe: “La mano derecha ha sido más torturada… a juzgar por las zonas que han sido forzadas a adherirse al patibulum con maniobras violentas… Mientras la mano izquierda quedó clavada con rapidez y precisión, no parece que haya sucedido lo mismo con la mano derecha, puesto que el clavo no penetró al primer martillazo, sino que hubo de ser extraído y vuelto a clavar varias veces antes de alcanzar el madero”.

La localización de la llaga del pie derecho es patente en la Síndone. Recordemos que en la impronta dorsal aparecen los pies algo cruzados: los talones separados y las puntas convergentes. El pie derecho ha marcado sobre la Síndone su huella completa. Del izquierdo sólo se ve el talón y la parte central. Los dedos no aparecen. Además, está como encorvado sobre sí mismo, acentuando la concavidad de su planta. Esto nos indica que el pie izquierdo estuvo clavado sobre el derecho y cruzado sobre él: la planta del pie izquierdo sobre el empeine del derecho.

Supone, pues, el Dr. Barbet que al hombre de la Síndone le clavaron los pies directamente sobre el stipes, el izquierdo cruzado sobre el derecho, con un solo clavo, por el segundo espacio intermetatarsiano. La rodilla izquierda habría quedado doblada sobre la derecha. La hemorragia que produciría la entrada del clavo por ahí no es mortal y la sangre venosa debió chorrear principalmente después de que fuera retirado el clavo. Esto explica el gran flujo de sangre hacia el talón una vez desclavado de la cruz el hombre de la Síndone y colocado en horizontal.

Y en el sepulcro, a causa de la rigidez cadavérica, la pierna izquierda habría mantenido prácticamente la posición de la cruz. Por ello aparece en la Síndone algo más corta que la derecha.

Habíamos hablado antes que el crucificado, para facilitar su respiración (mejor dicho, para evitar la asfixia) tuvo que adoptar dos posiciones en la cruz: una de desplome (posición baja), pendiendo sólo de los clavos; y otra de erección (posición alta), apoyándose sobre los pies.

Imagen de sustitución. Distintas posturas del hombre de la Síndone en la cruz (desplome y erección) para evitar la asfixia. Éstas explican la morfología de las huellas de sangre en la tela.

En medio de tan atroces tormentos le llegaría la muerte. Agotadas sus fuerzas físicas, llegó un momento en que ya no pudo el crucificado erguirse sobre sus pies, y quedó en la posición de desplome, pendiente sólo de las muñecas. En esta postura se presentaba inmediatamente la asfixia y, con ella, la muerte.

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