Un serio problema
Escasa documentación histórica

La compleja historia de la Síndone de Turín confronta a los historiadores con un serio problema. Si el lienzo mortuorio de Cristo, imprenso con una imagen de su cuerpo crucificado, ha sobrevivido a lo largo de tantos siglos, se diría que por fuerza debería haber sido extraordinariamente famoso. Se trataría de la más insigne reliquia de la cristiandad; y la documentación a él referida debería ser abundantísima [1].
 
Y, sin embargo, no ha sucedido así. Es escasa la documentación histórica del lienzo fúnebre de Jesús hasta mitad del siglo XIV. En realidad son poquísimas las menciones verdaderamente antiguas antes del siglo VI. Los Evangelios guardan un relativo silencio acerca de él. Y las escasas referencias relativas a los lienzos sepulcrales de Jesús, que aparecen aquí y allá en las diversas liturgias, no llegan a constituir actualmente una prueba absoluta de que la Síndone hubiera existido durante aquellos años. Además son contadísimas las referencias de antiguos textos que apunten al más asombroso detalle del lienzo: la presencia de una imagen en el mismo. Es muy comprensible que los escépticos se pregunten: ¿cómo es posible que nadie haya recalcado un detalle de tanta importancia? Los que ponen en tela de juicio la autenticidad del lienzo han considerado siempre esta laguna de documentación histórica como el punto más débil de sus credenciales.

El problema se acentúa aún más si se piensa que las circunstancias en que aparece la Síndone como objeto histórico son harto sospechosas. Efectivamente, la Síndone comenzó a cobrar notoriedad en 1357, cuando comenzó a exhibirse en una iglesia de madera de la soñolienta villa francesa de Lirey, a unos 150 kilómetros al sureste de París. El propietario de la Síndone, Godofredo de Charny, había muerto el año anterior a manos de los ingleses en la batalla de Poitiers. Empobrecida a la muerte de su marido, su viuda Jeanne de Vergy esperaba atraer peregrinaciones y aportación monetaria exhibiendo en la iglesita lugareña el lienzo fúnebre de Jesús. Las peregrinaciones acudieron, en verdad, pero no por mucho tiempo. El obispo local, Henri de Poitiers, mandó tajantemente que se suspendiera la exhibición, dudando, por lo que se ve, que una familia francesa venida a menos, por noble que fuera su abolengo, y sin recursos visibles, hubiera podido llegar a poseer nada menos que la verdadera Síndone.
 
Ni Jeanne de Vergy ni miembro alguno de la familia Charny pudieron jamás dar una explicación sobre cómo habían podido entrar en posesión de tan fabulosa reliquia. Y la verdad es que hasta hoy no se ha podido encontrar respuesta a tal incógnita (si bien, como veremos, existe una explicación bastante plausible). Cuando 25 años más tarde empezó a reanudarse la veneración de la Síndone, el obispo Pierre d’Arcis, sucesor de Henri de Poitiers, la calificó de superchería, e insistió en que el papa Clemente VII debía parar aquella exhibición. Solamente más tarde, cuando la Síndone llegó a ser propiedad de la poderosa Casa de Saboya, se alcanzó la convicción de que efectivamente aquélla era la verdadera sábana funeraria de Cristo. Pero, aun así, esta aceptación general se fue logrando poco a poco. Y la verdad es que en realidad la Iglesia Católica Romana no ha definido nunca que la sábana sea genuina.
 
¿Hay una explicación para esas reticencias en la documentación histórica? ¿Existen pruebas de que la Síndone existía antes de su oscura aparición en Lirey? Las credenciales que corroborarían su autenticidad histórica son pruebas más bien circunstanciales, apoyadas en probabilidades y verosimilitudes; sigue habiendo en su historia un sinnúmero de lagunas.

La historia del arte
podría aportar indicios

El rostro del hombre cuyo cuerpo fue envuelto en la Síndone, con barba, larga cabellera, facciones semíticas, se asemeja muy ceñidamente al modelo que tradicionalmente se ha venido ejecutando del rostro de Cristo y, de hecho, la gente inmediatamente suele reconocerlo como tal, precisamente porque esa imagen es ya un patrón modélico, norma o standard para toda ejecución del rostro de Cristo. Se diría que todo el mundo lo ha visto ya antes. El rostro sindónico, pues, una de dos: o refleja, o ha condicionado el modo como la mayor parte de los artistas durante largos siglos han venido retratando en sus lienzos el rostro de Cristo.

Los escépticos dirán que esa homogeneidad delata una falsificación; pero si la Síndone existía antes del siglo XIV, habría podido influenciar, o tal vez determinar, el patrón modélico del retrato de Cristo en el arte, una cuestión que veremos en el apartado de Historia del Arte.

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