La Síndone y los Evangelios
se sostienen y clarifican mutuamente

Los tres Evangelios Sinópticos [Mateo, Marcos y Lucas], que son los más antiguos, hablan explícitamente de una síndon:

«José [de Arimatea], tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia» (Mateo 27, 59; Marcos 15, 46; Lucas 23, 53).

El cuarto evangelista [Juan], que escribe hacia el final del siglo primero, precisa después:

«Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó» (Juan 20, 6-8).

¿Qué vio y por qué creyó? Parece que sea precisamente la especial disposición de los lienzos la señal que suscita la fe en Juan. El texto es lacónico y de difícil interpretación. En todo caso, esta descripción detallada (sábana limpia, sudario enrollado, lienzos tendidos) que los evangelistas recuerdan después de treinta años o incluso sesenta años, nos hace entender que el suyo es un relato directo, que se remonta a testigos oculares. Precisamente ésta es la gran preocupación de los evangelistas: quieren hacernos entender que no son visionarios o fantasiosos creadores de leyendas, sino que cuentan lo que han visto sus ojos [1].

Los Evangelios
¿Son fiables?

«¿Es verdad lo que nos cuentan los Evangelios o son todo leyendas populares?». «¿Entre Jesús y Júpiter hay alguna diferencia? ¿O los dos son igualmente mitos?». En el pasado, la gente creía sin problemas. Hoy los tiempos han cambiado y sólo el análisis científico de los textos nos permite diferenciar las leyendas y supersticiones del saber auténtico. La proclamación de los textos sagrados ya no es suficiente: es imprescindible el estudio del valor histórico de los Evangelios, capaz de responder a objeciones y críticas.

El evangelista Lucas, al inicio de su Evangelio, dice referir los hechos: «… como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos… después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido (Lc 1, 1-4).

Pero, ¿tenemos pruebas convincentes de ese testimonio directo? Para que resulten creíbles esos testimonios frente a la cultura iluminista y científica de nuestro tiempo, resulta necesario asentarse en tres pilares que sostienen el valor histórico de los Evangelios:

  1. Primer pilar: ¿El texto actual es idéntico al original? Existe una extraordinaria cantidad y antigüedad de los manuscritos que, por su concordancia, garantizan la fidelidad de la transmisión: 5.300 manuscritos griegos, 8.000 manuscritos latinos, 2.000 ó 3.000 traducciones en lenguas antiguas como el armenio, el sirio o el copto… ¡un conjunto de más de 15.000 manuescritos, que hacen que se trate del texto más documentado de la historia antigua! Podemos estar seguros de que los Evangelios que leemos hoy son verdaderamente los escritos en los orígenes del cristianismo.

  2. Segundo pilar: ¿Es un texto de primera mano? El estudio filológico del texto original griego revela claramente su origen arameo y hebreo, las lenguas habladas por Jesús, lo que garantiza que los autores han aportado un testimonio de primera mano. El texto se atuvo a los testigos oculares directos de la predicación de Jesús, testigos fieles a su mensaje originario y a veces incluso a sus mismas palabras. La fiabilidad no sólo se extrae a partir de la filología, sino que es valorada también por el hecho de que muchos de ellos murieron como mártires precisamente por no renegar de lo que habían escrito. Respecto a la fiabilidad de los autores, un pueblo entero había sido testigo de los hechos narrados en los Evangelios: el texto no habría podido sostenerse si no relatasen hechos verídicos.

  3. Tercer pilar: ¿Es fiable la narración de los Evangelios? Tras superar la hipótesis crítica y mítica, gracias a los descubrimientos papirológicos y a los estudios filológicos, la concatenación de los hechos narrados exige aceptar la integridad del testimonio evangélico: todos los historiadorres están de acuerdo en que lo primero fue la derrota de la cruz y está ante los ojos de todos el “después”, la difusión entusiasta del alegre mensaje. Un cambio enorme que no se podría comprender sin las apariciones del Resucitado de las que da testimonio el Evangelio. Aquí ha de añadirse como criterio de credibilidad que todos los testimonios partían desde el miedo, la desilusión y la dispersión. Los evangelistas transmiten lo que ni siquiera ellos llegan a comprender, contando hechos embarazosos que habrían podido callar para hacer más verosímil el mensaje. Por si fuese poco, no sólo existen testimonios cristianos: existen también testimonios directos de los hechos, que garantizan una documentación “laica” de los hechos (Plinio el Joven, Tácito, Suetonio, Bar Serapión, Flavio Josefo, etc.).
Podemos decir, por tanto, que está atestiguado que el relato que nos ofrecen los Evangelios goza de una gran verosimilitud.
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VÍDEO. El testimonio de los Evangelios goza de una gran verosimilitud. De hecho, los Evangelios Canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) representan el texto mejor documentado que nos ha legado la antigüedad, el relato más fiel de la historia antigua.

Correspondencia
entre los datos de la Síndone
y el testimonio evangélico

La Síndone nos ofrece abundante información sobre cómo murió y fue sepultado el hombre que fue envuelto en ella. ¿Hasta qué punto se corresponde con la información sobre la muerte y sepultura de Jesús de Nazaret que nos suministran los Evangelios?

Si, como hemos visto, los Evangelios son fuentes fidedignas, entonces nos suministran considerable información sobre lo que eran una crucifixión romana y un ritual de sepultura judía. Y, si como la imagen sindónica parece indicar, el hombre de la Síndone es un judío crucificado por los romanos, las circunstancias de su muerte deben concordar con lo que los Evangelios reseñan sobre ello.

En la siguiente tabla destacaremos los datos que nos aporta la Síndone (encabezando cada parte, sobre fondo azul) y, a continuación, lo que nos dicen los Evangelios sobre ese dato particular (sobre fondo blanco). Tomamos la traducción: Conferencia Episcopal Española (2012). Sagrada Biblia. Versión Oficial de la Conferencia Episcopal Española. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

Mateo 27, 26: «… y a Jesús, después de azotarlo…».

Marcos 15, 15: «… y a Jesús, después de azotarlo…».

Juan 19, 1: «Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar».

Mateo 27, 29-30: «… y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: “¡Salve, rey de los judíos!”. Luego le escupían, le quitaban la caña y lo golpeaban con ella la cabeza».

Marcos 15, 17-19: «… le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: “¡Salve, rey de los judíos!”. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él».

Juan 19, 2-3: «Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían: “¡Salve, rey de los judíos!”. Y le daban bofetadas».

Mateo 27, 30: «… le quitaban la caña y lo golpeaban con ella la cabeza».

Marcos 14, 65: «Algunos se pusieron a escupirle, y tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: “Profetiza”. Y los criados le daban bofetadas».

Marcos 15, 19: «Le golpearon la cabeza con una caña…».

Lucas 22, 63-64: «Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban, diciendo: “Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?”».

Juan 18, 22: «… uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús…».

Juan 19, 3: «Y le daban bofetadas».

Juan 19, 16-18: «Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron».

Mateo 27, 31-32: «… y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz».

Marcos 15, 20-21: «Y lo sacan para crucificarlo. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz».

Lucas 23, 26.32: «Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús… Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él».

Juan 19, 16-17: «Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota)…».

Mateo 27, 22-23.26.31.35.38.40.42.44: «Contestaron todos: “Sea crucificado”. Pilato insistió: “Pues, ¿qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban más fuerte: “¡Sea crucificado!”… lo entregó para que lo crucificaran… lo llevaron a crucificar… Después de crucificarlo… Crucificaron con él a dos bandidos… “si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”… “que baje ahora de la cruz y le creeremos”… los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban…».

Marcos 15, 12-15.20.24-25.27.30.32: «Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: “¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?”. Ellos gritaron de nuevo: “Crucifícalo”. Pilato les dijo: “Pues ¿qué mal ha hecho?”. Ellos gritaron más fuerte: “Crucifícalo”… lo entregó para que lo crucificaran… Y lo sacan para crucificarlo… Lo crucifican… Era la hora tercia cuando lo crucificaron… Crucificaron con él a dos bandidos… “sálvate a ti mismo bajando de la cruz… Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”. También los otros crucificados lo insultaban».

Lucas 23, 21.23-24.33; 24, 20.39-40: «… pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”… pidiendo a gritos que lo crucificara… Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían… Y cuando llegaron al lugar llamado “La Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda… “cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron”… “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona”… Dicho esto, les mostró las manos y los pies».

Juan 19, 6.15-18.23.25; 20, 26-27: «Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”. Pilato les dijo: “Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él”… Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera; crucifícalo!”. Pilato les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?”… Entonces se lo entregó para que lo crucificaran… cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice Gólgota), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado… Los soldados, cuando crucificaron a Jesús… Junto a la cruz de Jesús estaban… Llegó Jesús… dijo a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”…».

Mateo 27, 46.48.50: «A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaktaní (es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)… Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber… Jesús, gritando de nuevo con voz potente…».

Marcos 15, 34.36-37: «Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabactaní (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)… Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber… Y Jesús, dando un fuerte grito…».

Lucas 23, 34.36.43.46: «Jesús decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”… Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre… Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso»… Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu…».

Juan 19, 26-30: «Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”… Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”…».

Mateo 27, 50: «Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu».

Marcos 15, 37: «Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró».

Lucas 23, 46: «Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”. Y, dicho esto, expiró».

Juan 19, 30: «Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu».

Marcos 15, 42-45: «Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacia mucho tiempo que había muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José».

Juan 19, 31.33.36: «Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas… Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”».

Juan 19, 33-34: «… pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua».

Mateo 27, 57-60: «Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó».

Marcos 15, 42-43.46: «Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús… Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro».

Lucas 23, 50-53: «Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín… era natural de Arimatea… Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía».

Juan 19, 38-42: «Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús».

Juan 20, 3-9: «Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos».

Página del Codex Sinaiticus conservado en la British Library de Londres. Se trata de uno de los libros más importantes del mundo. Data del siglo IV y contiene la Biblia cristiana en griego, incluida la copia completa más antigua del Nuevo Testamento. En esta página del Evangelio de Juan hemos destacado el fragmento correspondiente a Jn 20, 6-7: en rojo ta othonia keimena (los lienzos tendidos) y en azul to soudarion (el sudario).

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VÍDEO. El capítulo 20 del Evangelio de Juan afirma que los discípulos Pedro y Juan, entrando al sepulcro donde Jesús había sido sepultado, vieron “los lienzos tendidos”. Añade que Juan “vio y creyó”.

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